¿Cuántas sensaciones puede ofrecer un empate? Muchas, aunque se trate del resultado más antipático del fútbol. ¿Es válido celebrar un empate como lo hicieron ayer los miles de hinchas de Belgrano en el Estadio Córdoba? Un empate tiene sus circunstancias y las de ayer, en el atrapante clásico entre celestes y albirrojos, se conjugaron para darle legitimidad a ese festejo loco, casi un desahogo, que se desató tras el cabezazo de Berza en el último suspiro. Si además, sólo había nueve vestidos de celeste en el campo, y si Instituto era una maquinita de despilfarrar de frente al arco de De Giorgi, se entiende la locura del final.No les importó a sus hinchas que Belgrano haya jugado lo suficientemente mal como para ser goleado. Tampoco les importó que dependa exclusivamente del talento de un jugador superior: Suárez. Mientras varios de sus compañeros se esconden, él la pide siempre. A veces da pena verlo jugar tan solo, rodeado de tanta ausencia. Pero solito se las arregló para alumbrar la jugada del empate definitivo.¿Qué habrá pasado con los miles de hinchas de Instituto que siguieron el clásico a la distancia, como pudieron, por la radio o por la tele? El empate no tuvo el mismo sabor para ellos. Seguro. En el fútbol, del cenit al sótano hay sólo un paso. En la cancha, los gestos de Ghiso, el entrenador que modeló con muy buen gusto esta versión 2008 de Instituto, hablaron por ellos. Cuando parecía que el tercer gol de la Gloria era sólo cuestión de tiempo, Ghiso enloqueció. Se agarraba la cabeza, juntaba las manos, no podía creer lo que erraban sus muchachos. Los hinchas de Belgrano, tampoco.Más allá de las distintas lecturas que puede ofrecer un empate, el partido en su totalidad ofreció un generoso mosaico de emociones, del que sólo pudieron disfrutar los hinchas celestes por esa absurda decisión (por más que todos nos hayamos acostumbrado a convivir con ella, la decisión no perdió ni un ápice de su sinrazón) de impedir el ingreso de hinchas visitantes.Y ni hablar de esos últimos siete minutos y medio. Desde la mano de Turus que impidió, a los 41 del segundo tiempo, el tercer gol de Instituto, hasta el cabezazo salvador de Berza –a los 48,32– que selló el empate con gusto a hazaña para Belgrano...ocurrió de todo en esos minutos trepidantes.Esos minutos finales fueron la fotografía fiel del juego y del significado del fútbol mismo, que no es otra cosa que una celebración de miles de corazones agitados y con las pulsaciones a tope. Tal como sucedió ayer en el Estadio Córdoba.
(Diario La Voz del Interior)
domingo, 24 de febrero de 2008
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